La tormenta que cayó ayer en Logroño es de las que se perpetuan en la historia. Son hitos que quedan grabados en nuestro inconsciente colectivo durante un tiempo largo. Hoy todo el mundo tenía anécdotas para contar, dónde los había sorprendido esa tromba de agua y granizo que inundó estacionamientos y destrozó varias hectáreas, unas 600, entre las localidades de Navarrete y Fuenmayor. A mí me encontró jugando al pádel en Las Norias (es techado) con Rafa Elías, Fernando Pellejero y Enrique del Río. No lo podíamos creer. No nos escuchábamos a veinte centímetros de distancia. Eso sí, a ninguno se le ocurrió suspender el partido. A que todo el mundo se acuerda de qué estaba haciendo en ese momento. Salvando las distancias, pero es algo similar al famoso 23-F (yo no estaba acá pero sé que todo el mundo recuerda qué estaba haciendo en ese momento), el momento del impacto del segundo avión contra las torres gemelas en Nueva York o el segundo gol de Maradona contra los ingleses en 1986.
Dejo algunas fotos de mis compañeros del Diario La Rioja, Justo Rodríguez (las dos primeras), Alfredo Iglesias (la tercera imagen) y Juan Marín, la última. Fue impresionante.
He vivido en grandes ciudades como Buenos Aires o Santiago de Chile. Conozco otras muchas como Miami, Nueva York, Washington, Madrid, Barcelona, Roma, Lisboa, París, Londres, Kiev, Viena o Praga. Por eso creo que resido en este paraíso llamado Logroño, de sólo 150.000 habitantes, nueve líneas de autobús (colectivo para los de allá) y atascos que duran 3 minutos y medio, como mucho, en la intersección de Vara de Rey con Gran Vía o Chile y Gran Vía. Ah, además de tener una calle llamada Laurel, un vino excelente y la bendita siesta. Sólo hay que ver las cosas que hacen en las grandes ciudades para viajar al trabajo, como por ejemplo en Pekín. Por eso cada día me enamoro un poco más de mi querida capital de provincia.
La semana necesita un día más, se los aseguro. Si no me creen, sólo hay que ver qué fue lo que hice en los últimos días. El sábado 17 salí desde Logroño hacia Pazuengos, cerca de Ezcaray, donde pasamos con un grupo de amigos un par de jornadas entre bostas de vaca, muy buena comida y mejor bebida, con una cata magistral incluida. Después de dormir (eso es un decir) en el albergue, entre los ronquidos -en realidad es la forma suave de describir semejante ruido estruendoso- y las pesadillas nocturnas del más chiquito del grupo, hice un asado para los presentes (diez mayores y cinco menores) y nos fuimos a Madrid en coche.
Unas horas más tarde, el lunes a las 7 de la mañana ya estábamos encima de un Boing 737 rumbo a Kiev, para visitar a mi querido padre. Cada vez que voy a Ucrania (es la sexta ocasión) uno de los ingredientes fundamentales es la comida y la bebida, así que después de cuatro días y unos kilitos de más, partimos de la ex capital soviética hacia Praga (ya contaré bien la historia), en una escala que duró menos de doce horas y nos dio la oportunidad de conocer esa maravillosa y señorial ciudad.
Llegamos a Madrid el viernes a las 12 de la noche y ayer, en muy buena compañía, conocimos el maravilloso pueblo medieval de Pedraza, con un cuarto de cordero y un Protos, muy buen Ribera de por medio. De vuelta a Madrid y esta mañana la vuelta hacia Logroño. Pero estas historias las iré desgranando poco a poco. Pero creo que sería buena idea la de agregar algunos días a la semana, como estos muchachos...
De todos los deportes que he practicado en mi vida (en un post anterior comentaba algo sobre el espiritu del rugby) quiza el que mas al limite me ha puesto (conmigo mismo) es el golf. Es asi, aunque no lo puedan creer. Ni el futbol ni el rugby ni el tenis ni el padel ni el squash han podido alterarme tanto como este deporte de apariencia tranquila, snob y de altos vuelos, pero que esconde muchos secretos que pocos conocen. Es que es uno contra las circunstancias y no se compite mas que contra uno mismo. Incluso, es el unico deporte en el que me he terminando pegando con alguien (preguntar por Panchito Gradin) porque no me queria marcar una bola. El golf es otra cosa y por este deporte yo he perdido los papeles varias veces (hay un pitch que fue mio en algun bosque del Tortuguitas Country Club de Buenos Aires).
Esto era lo que venia pensando en los aviones que me trajeron ayer a Kiev a visitar a mi padre (por eso no estan puestos los acentos, no es mi compu). Y de pronto me acorde de un video que habia visto en Youtube que lo resume todo. Se van a reir bastante.
El perfil que vemos a nuestra derecha lo explica claramente. Vivo entre dos mundos, Logroño y Argentina, aunque esa descripción está un poco incompleta, no es del todo exacta. La verdad es que tengo, desde hace más de un año y medio, otro hogar vital para mi existencia: Kiev, capital de Ucrania y residencia de mi querido padre. Es un lugar único, incomparable, donde el presente y el pasado se lanzan cuchillos a los ojos para quedarse con las migajas de un lugar encantador y que desconocía hasta hace muy poco. Es una ciudad en la que las estaciones están muy marcadas y diferenciadas con un denominador común entre sí. Da igual el mes que sea, siempre hay un color que predomina: el dorado. Está en todos lados, en cada cúpula de la iglesia, en las calles, en la ópera, en la plaza de la Independencia, en el río Dnipro... Es un color que alegra el entorno, monótono testigo de la historia gris (y roja sangre) de la hoz y el martillo. Hoy intentan despegar de ese letargo, del mal que los tuvo encarcelados demasiados años.
Juan Manuel Piñuel Villalón había nacido el 20 de enero de 1967, en Melilla, una de las ciudades autónomas españolas ubicadas en suelo africano, al sur del Mediterráneo, demasiado lejos de Legutiano, Álava. Hace 5 horas, este guardia civil, casado y padre de un niño, fue asesinado por los hijos de puta de siempre, por los que quieren la independencia de una tierra que no les pertenece. Dicen los distintos portales que un potente coche bomba estalló en la casa cuartel de la localidad vasca a las 3 de la mañana. Pero esta vez, los planes de los hijos de puta de siempre fue más truculento: no dieron aviso de la colocación del coche bomba.
También cuenta El País que hay otros cuatros heridos, dos mujeres y dos hombres que tienen entre 34 y 41 años de edad. Ahora, a los hijos de puta de siempre y a los mierdas que no condenan este atentado, ¿qué le dirían al niño que acaba de perder a su padre? ¿Condenarían su asesinato? Cobardes, asesinos, hablen en vez de matar...
Son quince hombres que se hacen uno. ¿Qué les pasará por sus mentes en un momento así? Es el inicio de la copa del mundo de rugby, los nervios carcomen a esos 15 amigos, quince animales (pumas, para ser exactos), que cuarenta días después se ganarían un hueco en la historia de este magnífico y leal deporte, que te enseña cómo desenvolverte en la vida. Es el partido inaugural contra Francia, los dueños de casa, en el momento exacto de los himnos. Este video resume lo que puede crear este deporte y la pasión que supone llevar una camiseta celeste y blanca con un jaguareté (felino que habita la mesopotamia argentina) en el corazón. Bonorino, Corletto, Pichot, Hernández, Fernández Miranda, Ledesma, Roncero, los hermanos Contempomi o Albacete, que no puede contener las lágrimas, muestran el sentimiento puma y la idiosincrasia de este deporte, que vuelvo a repetir, es una escuela de vida. Y juran que quieren morir con gloria...
Jugué al rugby desde que tuve uso de razón y hasta que mi hombro izquierdo, que dijo "basta" contra la cadera de un pichón de mamut de 120 kilos, y mis estudios se confabularon para que dijera adiós definitivamente a las canchas, con algún que otro logro a cuestas (campeonato de menores de 19 con Belgrano Athletic Club, donde me crié). Nunca destaqué demasiado, aunque mi máximo orgullo es decir, con el pecho inflado, que mi padre (Guillermo) jugó en el seleccionado en 1963, al igual que mi mejor amigo y casi hermano, Gonzalo Camardon, entre 1990 y 2003. Actualmente Gonzalo juega al rugby profesional en Roma, en la Union de Rugby Capitolina, aunque ya está empezando a vivir el deporte desde el otro lado de la línea de cal. Así es el rubgy: amistad; educación; valores; caballerosidad; pasión; deportitividad; compañerismo...
Desde hace unos años dormir es un problema. Básicamente creo que se trata de una cuestión de edad, aunque mis canas no queden delatadas fácilmente por el color de mi pelo. Todo empezó cuando los bares de la Zona de Logroño se confabularon con mi insomnio para darme guerra cuando menos me lo esperaba. Dos navajazos en las ruedas de mi por entonces flamante 307 me empujaron a buscar residencia en el otro extremo de la ciudad. Pero dos meses después de trasladar mis trastos, con mi eterno traje azul a cuestas, a un alcalde que ya no está en el cargo no se le ocurrió mejor idea que hacer agujeros para toda la ciudad y combatir, de esta manera, con la escasez de estacionamientos en la capital riojana.
Fue una tortura, día y noche con el traqueteo, el polvo, las máquinas (el trépano era mi favorita), las vibraciones, que duraron más de dos años. Pues bien, aprendí a vivir con aquel estrés y desde entonces seis horas de sueño son un lujo para mi, aunque ahora tengo otro problema.
Pese a enmudecer las máquinas, ahora hay otro ruido que me vuelve loco, majara completamente. No es intenso ni provoca que mi cama se convierta en una montaña rusa, pero es que ya no puedo más. Se trata de la vecina que vive justo encima. La oigo a todas horas y no la tolero. Nunca le he visto la cara, no nos hemos tropezado nunca en el ascensor, pero la odio con todo mi corazón. Desde el momento en que reta a su hija en el momento en el que la mayoría de los mortales (por lo menos los que tenemos la suerte de vivir en una capital de provincia) dormimos la siesta hasta el instante que le mete una bronca monumental a su adolescente hijo cuando, ya de madrugada, llega con unas copas de más.
La conozco tanto que sé exactamente cómo discurrirán los diálogos con su marido, su madre o algunas de sus hermanas. Es insoportable y no le voy a echar la culpa a la baja calidad de los materiales de las viviendas. Nada de eso. A veces tengo la impresión de escucharla respirar.
Pero hay una cosa de esta señora que ya no aguanto más. Es su despertador por la mañana, que obviamente me sacude de mi cama. A partir de ese momento comienza una tortuosa ceremonia que se me ha grabado en mi mente: esos diez pasos que hace hacia el baño, el chorreteo del primer orín matutino, el paso cansino hacia la cocina para encender la radio (creo que incluso, para más inri, es la Cope) para volver a la habitación a cambiarse. Y ahí viene lo peor.
Absolutamente todas las mañanas, después de estos primeros compases para nada armónicos, se pone sus zapatos y comienza a ablandarlos, porque camina por toda la casa. Por supuesto, con esa discoteca en mi cabeza, y a esas horas de la madrugada (7.30) ya he renunciado a seguir durmiendo... justo en el momento en que escucho que los pasos se alejan, se abre la puerta y baja el ascensor.
Todos podemos llegar a tener vecinos molestos, pero con esta mujer directamente es intolerable. Y además me hace añorar a la vecina que tenía en Buenos Aires, que se pasaba seis de las siete noches de la semana haciendo triquitriqui con su pareja. Y a una hora normal, no a la madrugada. El día que tenga el valor, subiré a su piso y, con mucho respeto, le recetaré la medicina de mi vecina porteña. Y si no tiene con quien, que use sus tacones. Quizá así logre dormir.
Periodista argentino que es papá de una nena espectacular y que hace casi doce años quedó atrapado entre dos mundos, en medio de un charco llamado Logroño. Allí encontró su lugar en el universo, aunque media vida aguarda a 12.000 kilómetros de distancia.
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*Pablo García-Mancha* (Logroño, 1968). Soy periodista y he trabajado para *Diario
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