Un año. 365 días completos, con nocturnidades y horas extras incluidas. Hoy se ha cumplido el primer año del resto de mi vida, el mejor de todos los 39 que he vivido hasta ahora. Todo comenzó un 14 de marzo, justo hace un año, cuando la sostuve entre mis brazos por primera vez, intentando mitigar el pequeño llanto que acompañaba al diminuto bebé, esperando a que su madre se uniera a nosotros. Y me enamoré de ella. Por completo.
Luego vendrían las noches con poco sueño (escasos, por suerte); esos desayunos junto a los infinitos capítulos de Pocoyo; fotos, millones de ellas; su risa; su gracia; su mirada; su ternura; su belleza; su reclamo; sus (pocos) berrinches; su buen despertar, sus quecos (Rani. Connie, Piglet, Pandy, Sinsy, Osías, Smelly, Eli, Tommy o Currito, regalado por su biosabuela Toti), con los que me tropiezo todas las noches al meterme a la cama. Ese pelo rubio (casi blanco) que los días de humedad está acompañado por unos rulitos espléndidos, casi mágicos, que a mí me tienen tonto. Ese crecimiento que he sido incapaz de asumir y que ahora, haciendo un balance de estos meses, me han dado una bofetada en toda la cara.
Hoy mi bebé, mi chiquitita del alma, Martina de mi corazón, cumplió su primer año de vida. Y lo hizo a todo trapo, con las personas que han sido importantes e insustituibles en su corta -pero intensa- vida, sin olvidar a los que, por obvias razonas, no han podido estar presentes físicamente. Espero haber sido un buen padre para ella. Desde luego, ella me ha marcado de por vida: me ha ayudado a ser padre y, lo que es más importante, me ha hecho una persona completa, eternamente feliz. Te amo, bebé. Feliz cumple.
