Aunque esa noche acabara en un burger, semanas más tarde, y ya acompañado de gente local, el flechazo con Laurel fue total, soberbio, único. Descubrí sus encantos entre vinos y amigos, pinchos (ya había aprendido a nombrarlos correctamente) y risas. Tanto fue el enamoramiento que durante mis primeros tres meses en la ciudad engordé unos kilos -una cifra de dos dígitos- que nunca más desaparecieron y que me recuerdan esos felices días.
Pero diez años después, Laurel vuelve a darme asco y me dan ganas de volver al burger. No es por los caracoles, orejas, pinchos morunos, cojonudos, embuchados y morros, que ya me los meto muy a gusto en mi boca. Pasa que ya no puedo compartir vinos y amigos (ellos decidieron no ir más por allá), pinchos y risas. Allí sólo pululan personajes irrespetuosos, que disfrazados dicen estar despidiendo a alguien. Y todo esto sin que nadie haga nada.
La foto, que es de Alfredo Iglesias, es del sábado pasado. Un grupo de zaragoza baila con uno de los ancianos del lugar.
Pero diez años después, Laurel vuelve a darme asco y me dan ganas de volver al burger. No es por los caracoles, orejas, pinchos morunos, cojonudos, embuchados y morros, que ya me los meto muy a gusto en mi boca. Pasa que ya no puedo compartir vinos y amigos (ellos decidieron no ir más por allá), pinchos y risas. Allí sólo pululan personajes irrespetuosos, que disfrazados dicen estar despidiendo a alguien. Y todo esto sin que nadie haga nada.
