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miércoles, 7 de octubre de 2009

La política, en llamas

El alcalde de Logroño, Tomás Santos; el delegado de Gobierno, José Antonio Ulecia, y el presidente de La Rioja, Pedro Sanz, auntor de la frase: "Destrás de mí, no (habla nadie)". La foto es de Jonathan Herreros.

Andan nuestros políticos un poco alterados últimamente, pese a faltar bastante -más de año y medio- para someterse a las siguientes elecciones autonómicas y locales. Sólo hay que ver cómo se las traen los responsables 'populares' del Gobierno regional con los socio-regionalistas del Ayuntamiento, entre la paralización del sur de la capital, la chulesca ecociudad o el desafiante rechazo municipal a la solicitud de reparcelación del Hospital San Millán.

Todas las semanas vemos cómo las siglas políticas se elevan por encima del sentido común o del bienestar de los ciudadanos, que es correcto recordar, les han puesto donde están. Da igual de qué se trate. Pisotean, de todos lados, el respeto a las instituciones, pasándose por el arco del triunfo (electoral) los buenos modales y, sobre todo, la educación.

Después del aplauso del PSOE riojano a la indicación Viñedos de España; de los supuestos contratos de gente afín al PR para la Fundación Logroño Turismo sin proceso de selección; de la absurda abstención del PP para apoyar a un compañero de Corporación que ha sufrido una seguidilla de actos vandálicos o del espectáculo dantesco que se ofreció hace unos días en las obras del soterramiento, en donde se escuchó alto y sonoro que detrás del presidente no hablaba nadie, ayer vivimos la última ridiculez en materia política.

Mientras los retenes sofocaban los montes cercanos a Ezcaray, a alguien del PP se le ocurrió reclamarle explicaciones a la Delegación del Gobierno, como si fuese el propio Ulecia quien estuviera, mecha en mano, avivando el fuego, cuando es nuestra política y sus actores quienes están en llamas.

martes, 5 de mayo de 2009

Asco por Laurel

Alguna vez he contado aquí que el día que aterricé en esta ciudad, hace ya una década, me recomendaron ir a Laurel. Muy dado a las aventuras, me dirigí, plano en mano, a la tradicional zona hostelera a probar unos 'pinches', como les llamé por error, hasta que un mes más tarde fui corregido. Pero me asusté. No podía imaginar que una simple callecita de un Casco Antiguo atrajera a tanta gente. Entonces me quité el reloj y, junto a la cartera, lo guardé en el bolsillo delantero del pantalón. Comencé a caminar entre la marabunta y el miedo dejó paso al asco. No comprendía que los mortales fueran capaces de meterse en la boca caracoles (mi madre los mataba con sal), orejas, 'pinches' morunos, cojonudos, embuchados y morros.

Aunque esa noche acabara en un burger, semanas más tarde, y ya acompañado de gente local, el flechazo con Laurel fue total, soberbio, único. Descubrí sus encantos entre vinos y amigos, pinchos (ya había aprendido a nombrarlos correctamente) y risas. Tanto fue el enamoramiento que durante mis primeros tres meses en la ciudad engordé unos kilos -una cifra de dos dígitos- que nunca más desaparecieron y que me recuerdan esos felices días.

Pero diez años después, Laurel vuelve a da
rme asco y me dan ganas de volver al burger. No es por los caracoles, orejas, pinchos morunos, cojonudos, embuchados y morros, que ya me los meto muy a gusto en mi boca. Pasa que ya no puedo compartir vinos y amigos (ellos decidieron no ir más por allá), pinchos y risas. Allí sólo pululan personajes irrespetuosos, que disfrazados dicen estar despidiendo a alguien. Y todo esto sin que nadie haga nada.

La foto, que es de Alfredo Iglesias, es del sábado pasado. Un grupo de zaragoza baila con uno de los ancianos del lugar.