Ya han pasado cinco días y el dolor no cesa. Y puede pasar toda una vida y esa profunda herida que deja un descenso seguirá incrustada en mi corazón, alojada como un virus con el que hay que aprender a convivir. Ese triste empate que nos condenó a la 'B' fue una cachetada muy dura en todo el orgullo, un puñetazo directo al mentón de mi autoestima. Mi querido River Plate, por quien he viajado miles de kilómetros para alentar, por quien incluso he derramado alguna lágrima -casi todas de alegría, hasta el pasado domingo- es hoy la vergüenza de todo un país, de un deporte.Recuerdo la primera vez que fui al Monumental, en 1979, un 4-3 de River a Independiente, y se me eriza la piel. Busco en mi memoria aquella fría noche de 1986 en la que vi con mis propios ojos desde la Platea General Belgrano como Juan Gilberto Funes metía un derechazo para ganar la primera Libertadores y el corazón me sonríe. Viajo hasta ese verano austral cuando madrugué en casa de la abuela de Yarma para ver cómo Antonio Alzamendi nos daba la Intercontinental en Tokio frente al Steaua de Bucarest, y la vida me abraza. Rememoro los cantos de alegría junto a mis amigos Santiago, Andrés, Pablo y Rami en la Tribuna Almirante Brown, cuando en 1996 un tal Crespo nos daba la segunda Libertadores, y me deleito; y cuando un año después, un chileno de apellido Salas, junto a un uruguayo llamado Enzo obtenían la Supercopa. Y me emociono.









