En ese espacio, la pequeña, que ya tiene cumplidas bastantes primaveras (pero el paso del tiempo no le hace mella y le mantiene intacto su peinado cortado con una taza) aparece sentada en un banquito para que la gente, todos los que crecimos mientras ella se quedaba así, chiquitita, se pueda sentar a su lado y sacarse fotos. Fue el propio Quino quien explicó hace unos días que el monumento a Mafalda está ubicado en el mismo lugar en el que la niña observaba el mundo convulsionado de los años 60. Y con las historias con en las que hemos crecido muchos de nosotros.
Ahora, no sé si Mafalda, que luce en su escultura la misma sonrisa inocente de hace cuarenta años, está preparada para ser la voz del alma de la desastrosa jungla en la que se ha convertido Argentina en el siglo XXI, en donde campa a sus anchas un KKlan que no tiene vergüenza ni pudor y a la que le faltaría una buena dosis de lo que Mafalda nos acercaba en cada una de sus historias: conciencia. Pura y dura, como el material de su estatua.








