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domingo, 22 de agosto de 2010

Manías estivales


Hoy no voy a hablar de la mala suerte del Naturhouse con las lesiones; tampoco analizaré la razón por la que ningún primera espada del Gobierno regional estuvo presente durante en el triangular de baloncesto. Incluso, no dedicaré ni una sola palabra a la marcha de Maradona de mi querida celeste y blanca ni responderé en este texto a esos cobardes que, siempre desde el anonimato, se encargan en los foros de un equipo de fútbol de tercera a insultar a los periodistas. Tampoco tengo ganas de husmear en la política local y deliberar el porqué el PP de Logroño ha anunciado que en ningún caso gobernaría con Varea y compañía, o si repetir por tercera vez candidato le conviene al PSOE para retirar a Sanz del Palacete.

Acabo de volver de vacaciones y mi mente sigue en una tumbona de la playa, y quiero dedicar unas líneas a una extraña manía que he cogido estos días. Será que ya estoy viejo e intolerante, pero necesito saber qué extraña conexión existe entre los veraneantes, el mar y las palas. Soy incapaz de entender qué arrastra a tantos seres humanos a querer darle a la pelotita en un lugar idílico, pero donde no cabe un alfiler, con muchos niños y castillos construidos meticulosamente por nosotros, los padres. ¿Por qué no se ven a los palistas en el monte? ¿O en los parkings de los supermercados, donde hay más sitio? No, ellos están ahí, pin, pam, pum, estresando al prójimo. Espero que con temas como los que preferí dejar de lado pronto me olvide de esta extraña manía.

Esta columna salió publicada el 22 de agosto de 2010 en el Diario La Rioja.
Las fotos son mías de estas vacaciones.