Todos los jugadores de golf, buenos o malos (como yo), tenemos en nuestras bolsas pelotas de color naranja, algunas rozando el fosforito chillón, que casi nunca usamos. De hecho, a casi todas mis pelotitas naranjas las regalé después de un torneo en el que uno de mis compañeros dijo coleccionarlas. Por eso, el otro día me quedé sin poder estrenarlas en el Campo de Golf de Logroño, que quedó escondido debajo de un manto blanco después de tres días de temporal. En la primera imagen, los hoyos 10 y 1; en la segunda, green del 9.
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