
Les intento descubrir a través de sus capuchas negras, que acompañadas por esas inmensas chapelas dan miedo, y soy incapaz de imaginarme si son felices o no. Les veo con el puño en alto, un estilo patentado mucho antes por verdaderos guerreros -y no cobardes asesinos como lo que son- a lo largo de la historia del universo y el corazón se me llena de rabia. Busco un atisbo de humanidad en las palabras que esbozan detrás de su poco currado anagrama, pero que da terror, y me encuentro con un vacío tremendo. Como padre que soy, trato de pensar en cómo estas inmundas gentes pueden llegar a procrear hijos, enseñándoles (como debe corresponder a cualquier especie animal) qué es bueno y qué es malo de la vida... y sólo veo oscuridad y mucho silencio.
Quiero adivinar cómo han sido sus infancias, sus adolescencias, sus primeros besos, esos momentos inolvidables de cada persona, y me quedo en blanco. Trato de pensar la razón que lleva a alguien a ser un asqueroso terrorista, sin querer interactuar con la palabra como cualquier otra persona, y me dan arcadas. Les imagino dándole un tiro en la nuca a un inocente o detonando una bomba lapa, destrozando vidas por doquier, y mi indignación pasa a otro estado. Más cuando acusan, con idéntica libertad con la que matan, de estar sufriendo una «estrategia salvaje de negociación y aniquilación». Escucho y vuelvo a oír las palabras de esta individua (que no persona) que anuncia el alto el fuego de ETA y les juro que no me creo nada. Sólo veo en la pantalla del televisor a tres cobardes e insensibles terroristas que balbucean en su dialecto mentiras que algún día se llenarán otra vez de sangre.
Columna publicada en el Diario La Rioja el martes 7 de septiembre del 2010
Quiero adivinar cómo han sido sus infancias, sus adolescencias, sus primeros besos, esos momentos inolvidables de cada persona, y me quedo en blanco. Trato de pensar la razón que lleva a alguien a ser un asqueroso terrorista, sin querer interactuar con la palabra como cualquier otra persona, y me dan arcadas. Les imagino dándole un tiro en la nuca a un inocente o detonando una bomba lapa, destrozando vidas por doquier, y mi indignación pasa a otro estado. Más cuando acusan, con idéntica libertad con la que matan, de estar sufriendo una «estrategia salvaje de negociación y aniquilación». Escucho y vuelvo a oír las palabras de esta individua (que no persona) que anuncia el alto el fuego de ETA y les juro que no me creo nada. Sólo veo en la pantalla del televisor a tres cobardes e insensibles terroristas que balbucean en su dialecto mentiras que algún día se llenarán otra vez de sangre.
Columna publicada en el Diario La Rioja el martes 7 de septiembre del 2010